Nació en el seno de una familia humilde, en la localidad de Suri del municipio de Cajuata, provincia Inquisivi del departamento de La Paz el año 1757; bautizado en la misma ciudad el 17 de octubre de 1758. De origen mestizo, su padre fue presbítero y se llamaba Juan Ciriaco Murillo Mena Salazar, y su madre fue doña María Ascencia Carrasco.
Su infancia no dejó rastro. Adolescente aún fue enviado al Cuzco, donde hizo sus estudios de leyes, en la Universidad San Antonio Abad. Debido a su inteligencia natural y genio fecundo asimiló debidamente todos los conocimientos que le impartieron en la antigua capital del Imperio de los Incas. Posteriormente, regresó a su patria, donde al parecer prosiguió sus estudios en San Francisco Xavier, sin embargo, por diversas razones no obtuvo grado académico.
Ya en la tierra natal, se consagró a la minería, primero como catador y luego como director de ingenios de varios asientos mineros cercanos de La Paz. Residió en los Yungas, donde posiblemente contrajo matrimonio con María Josefa Olmedo en 1778. Según su primer hijo, José, Murillo tuvo cuatro vástagos más, pero sólo se conoce uno de ellos, de nombre María Manuela.
Al ocurrir la sublevación indígena de 1781, Murillo que a la sazón se encontraba en Irupana, se alistó como Teniente de la Primera Compañía de Fusileros. Su Capitán, José Ramón de Loayza, fue ascendido a Comandante de armas de la provincia y Murillo quedó como Capitán de la compañía.
Por sus aptitudes y alto grado de responsabilidad, se le encomendó la delicada misión de escoltar a las familias europeas y criollas que, obligadas por las circunstancias, deseaban trasladarse prontamente a la ciudad de Cochabamba.
Una vez alcanzada la pacificación, Murillo en el campo de Peñas pidió su retiro del ejército, el cual fue concedido.
En vista de que la minería no le ofrecía mayores atractivos Murillo se dedicó, como dicen documentos oficiales de la época, al trabajo de pleitista y papelista, confeccionando escritos; se pasó algunos años entre Cuzco y Chuquisaca, llegando a ser una especie de cedulario ambulante y llegando a ser considerado como uno de los prestigiosos de su tiempo, por lo que lo buscaban y consultaban los litigantes que demandan justicia, otorgándole el título de Doctor. En este periodo de su vida, sin duda es digno de anotarse, que ya germinan en el hombre las ideas emancipadoras, exteriorizadas mediante pasquines contra el gobierno, que aparecían pegados en los muros de los edificios públicos.
En su calidad de secretario y administrador de Loayza, vivió en casa de éste, en La Paz. Posteriormente, fue en la ciudad de La Plata donde conoció a la pléyade de futuros constructores de la nación Argentina y a figuras extraordinarias como Bernardo de Montenegro.
El año 1805, los revolucionarios de la ciudad del Cuzco entraron en acuerdo con los hombres eminentes de La Paz y especialmente con Murillo, para rebelarse el 16 de julio de ese año; pero el intento fracasó. Con esta acción Murillo fue perseguido por Indaburo, jefe político de La Paz y puesto en prisión, de la cual salió el 6 de septiembre de ese año, mediante hábiles expedientes.
Para la realización de sus planes revolucionarios, Murillo logró atraer a su causa a Indaburo y prosiguió con creciente fervor la propaganda revolucionaria, hasta que después de varios conatos frustrados, el 16 de julio de 1809, Murillo y los patriotas de la Independencia, proclaman la revolución popular franca y abiertamente. Toma el cuartel de veteranos, prende a sus oficiales, pide Cabildo abierto, depone al gobernador Dávila, al obispo La Santa y a otras autoridades. Procedió a la elección de otros cargos, abolió las deudas fiscales y creó después la Junta Tuitiva, que fue presidida por él. Fue nombrado Coronel y, además, era reconocido jefe de las armas de la revolución, constituyéndose desde ese momento en la fuerza y la acción que habría que dirigir el movimiento militar.
Estallada la revolución de Julio, el virrey del Perú temeroso que la chispa revolucionaria iniciada en La Paz se propagara en América, envió un numeroso ejército a mando de Goyeneche, presidente del Cuzco.
Después de la dispersión en Chacaltaya, en la que los patriotas fueron vencidos, Goyeneche con su ejército entró victorioso en La Paz, de donde destacó una división contra los patriotas que habían huido con dirección a Yungas, y los cuales fueron vencidos en Chicaloma.
Dueño el general realista de La Paz se dedicó a castigar a los rebeldes, a quienes se les organizó sumario criminal, reduciendo a prisión a Murillo y a ocho patriotas.
Murillo prestó su declaración el 19 de noviembre de 1809 y su confesión el 6 de enero de 1810. El 15 nombró como su defensor al doctor Ignacio Tejada. Goyeneche dictó sentencia el 25 de enero, condenándole como a los demás, como reos de alta traición, infames, aleves, subversores del orden público, a la pena ordinaria de la horca.
El 29 de enero de 1810, Pedro Domingo Murillo, Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez, Mariano Graneros, Juan Antonio Figueroa, Apolinar Jaén, Gregorio García Lanza y Juan Bautista Sagárnaga, cuyos nombres han pasado a la posterioridad con el título de los nueve PROTOMÁRTIRES DE LA INDEPENDENCIA, fueron ahorcados en la Plaza de Armas frente a la Capilla del Loreto.
Murillo, el audaz criollo, ni en el instante supremo de su inmolación pierde su energía, y al subir al patíbulo yergue la cabeza y lanza esta proclama que es símbolo de la libertad de un pueblo: ¡ La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar!
Seis horas después de la ejecución, se bajó su cadáver y se le cortó la cabeza para fijarla en el pilar del Alto de Potosí. El tronco mutilado fue recogido por los padres hospitalarios de San Juan de Dios y enterrado juntamente con el de Sagárnaga, en el cementerio de esa iglesia.
* Texto elaborado en base a:
“HOMBRES CÉLEBRES DE BOLIVIA”, Gonzales y Medina Editores
“MURILLO Y LA REVOLUCIÓN DEL 16 DE JULIO”, Floren Sanabria G.
“DICCIONARIO HISTÓRICO BIOGRÁFICO”, Nicanor Aranzaes