Alonso de Mendoza acababa de abandonar las filas de su caudillo Gonzalo Pizarro y pasar a las del pacificador La Gasca, cuando éste, como un premio a su oportuno transfugio, le encomendó fundar una ciudad en homenaje a la pacificación donde los discordes en concordia en paz y amor se juntaran. Así, don Alonso realizó el hecho más importante de su vida que le permitió estar en la perpetua memoria de miles de habitantes que lo recuerdan el 20 de octubre y le han hecho una plaza y un monumento.
Una plaza donde antes que llegue él, gobernaba el cacique Quirquincho, que no tiene un monumento, pero sí un museo construido sobre los cimientos de su gran casa y su gran tambo. No se sabe si se enfrentaron con armas o con palabras, pero Churubamba, de ser el centro de la presencia aymara en el valle de Chuquiabo, pasó a ser un barrio de indios dividido del damero español por el río Choqueyapu. Damero que partía en dos la presencia originaria, porque el cacique Otorongo se quedó al otro lado, en otro barrio de indios que, en cumplimiento de las nuevas reglas de juego, reemplazó a su antigua deidad por la devoción a Santa Bárbara.
El damero comenzó a crecer y embellecerse con los templos. Los jesuitas se ubicaron, como en muchas otras ciudades, en la misma plaza mayor, prueba de su importancia, y allí construyeron el Loreto. Su poder y su espíritu respondón a la autoridad hicieron que los expulsen en 1767 y el Loreto pasó a ser de todo, hasta que lo destruyeron y derivó finalmente en el escenario donde supuestamente habitan por horas los designados para hacer las leyes del destino de todo el país.
Los mercedarios y dominicos construyeron sus templos y conventos a una cuadra de la plaza; el Mariscal Sucre, el más liberal y ateo del ejército patriota, decidió convertir los conventos en cuarteles o en escuelas y así, en lugar de dominicos, hoy llenan ese lugar los estudiantes del Ayacucho. Poco más allá se instalaron las concepcionistas, de gran labor en la Colonia y con pocas herederas en la República. Así, su bello convento se convirtió en estacionamiento de carrozas de motor y de gasolina; felizmente, uno de sus bellos patios es parte del patio de la casa del cacique que habitaba al otro lado del río.
Los agustinos y los de San Juan de Dios también construyeron y sus iglesias quedan hoy como testimonio de su labor, un poco cambiadas, es cierto. Tal vez un agustino del siglo XVIII no entendería las placas de metal que han llenado sus paredes como símbolo de agradecimiento y devoción de los paceños.
Los franciscanos, fieles a San Francisco, prefirieron ubicarse en las afueras del damero como un puente entre los dos mundos. La fachada de su iglesia es precisamente ese puente de dos mentalidades. Allí está la imagen de San Francisco, pero también las de deidades andinas en forma de hombres y mujeres que al escupir vegetación por sus bocas y sus vaginas simbolizan la fertilidad o, tal vez, un paraíso perdido y deseado. Hace pocos días el convento abrió nuevamente sus puertas para recordar, obras de arte mediante, la época colonial.
La herencia del espacio franciscano de punto intermedio de dos caminos, se amplió a muchos caminos recorridos por miles de minibuses llenos de miles de pasajeros que se arremolinan en el atrio colonial y en una pequeña plaza con nombre feminizado de un liberal ("la Pérez").
Al lado o al frente de las iglesias se construyeron casas y palacios; la riqueza se medía por número de patios; la modernidad republicana dejó pocas de esas casas en pie, pero las que quedan muestran una élite poderosa como las casas de los condes de Arana (hoy Museo de Arte) y la del Marqués de Villaverde (hoy museo de Etnografía y Folklore). Tal vez hoy preferirían los condes que la acumulación de su riqueza se debió al oro o a la próspera actividad comercial de la ciudad, pero los papelitos cantan que fue la coca la fuente de su bienestar; claro está que la buena coca, la del acullico de las minas de Oruro y de Potosí, principal producto de exportación de la Intendencia de La Paz. Intendencia que vivía de las alcabalas del comercio, en algunos momentos de su oro, pero sobre todo del tributo que pagaban los aymaras de las provincias aledañas, los que un día se enojaron y cercaron la ciudad hasta conseguir que se elimine el odioso cargo de corregidor. Pequeña victoria después de largos días de asedio y que costó la vida de Túpac Catari y Bartolina Sisa, esta última la dueña militar de Pampahasi.
A esa altura del cerco, la ciudad ya no era la misma; los 6.000 habitantes del siglo XVI eran 70.000; pese a la prohibición de las leyes de Indias, los españoles desesperados por las pocas mujeres que llegaban de España, cruzaron el puente prohibido y, más allá del espacio franciscano, convirtieron una ciudad blanca y unos barrios indios de arrabal, en zonas mestizas. San Pedro y el oeste fueron el símbolo del mestizaje y lo siguen siendo con Chijini a la cabeza.
Algunos de esos mestizos y criollos, habitantes de la última calle del damero, hoy conocida como la Jaén, se rebelaron en 1809 y hoy los recordamos con mucho cariño.
* Fernando Cajías de La Vega, historiador. Artículo tomado de La Razón