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Murillo y la revolución 
 

Floren Sanabria G.

Un nuevo sentimiento orientado hacia la libertad e independencia de América empezó a extenderse en contra del yugo español. En este estado de cosas brotó el espíritu de conspiración antihispánico en Pedro Domingo Murillo. Fue así como, desde 1798, se entregó al trabajo de luchar por la independencia de su patria, junto a otros personajes.

Tenía ingenio y habilidad para confeccionar pasquines; éstos aparecían todas las noches en diferentes calles y lugares, instando a la revolución y teniendo en constante sobresalto a las autoridades españolas, que no alcanzaban a determinar con precisión el origen de esos escritos anónimos que desafiaban a las autoridades: “¡Chapetones, preparad el cuero!... ¡Muera el mal Gobierno!... ¡Los americanos quieren tener patria!... Tales letreros y pasquines aparecían pegados al amparo de las sombras de la noche en las casas señoriales y en la misma mansión del Gobernador don Tadeo Dávila.

Los revolucionarios de La Paz de acuerdo con los de Cuzco, habían resuelto promover un movimiento subversivo para el 16 de julio de 1805, pero los planes fracasaron por diversas causas. El Gobernador Burgunyó llegó a conocer, no se sabe por que medios, la nómina de los ciudadanos paceños sediciosos comprometidos. Dicha autoridad ordenó su inmediata captura y prisión. El iracundo Pedro Indaburo, el 8 de agosto, había tomado varios presos. Murillo tenía noticias de que se lo buscaba, aunque varias personas lo disuadieron de su idea de entregarse, se presentó voluntariamente a las autoridades. Fue sometido a juicio, en el plenario de la cusa, negó rotundamente los cargos con habilidad.

Se decretó la libertad de Murillo el 6 de septiembre, previo apercibimiento de que adelante no debiera mezclarse con sujetos mal entretenidos. Lejos de acatar aquella notificación, consiguió atraer a su causa al soberbio Indaburo y continuó con mayor fervor su propaganda revolucionaria. Aumentaron los partidarios de la causa patriótica y las juntas de conspiradores se realizaron con mayor frecuencia. Todos se preparaban resueltamente para le revolución emancipadora.

En plena euforia revolucionaria los conspiradores de La Paz determinaron dar el golpe en el Carnaval de 1809, pero la tentativa fracasó, como en varias oportunidades posteriores a ella, en su mayoría por denuncias. Hasta que día antes del 24 (fiesta de San Juan), renovado el juramento de los conspiradores se convino una reunión en casa de Murillo. Prosiguió la actividad de las juntas en los domicilios de Bautista Sagárnaga, Antonio Figueroa y en la de Murillo. La última reunión tuvo lugar el 13 de julio. En medio de un entusiasmo y exaltación grande de ánimo, quedó señalado el alzamiento para el 16 de Julio.

Aquel día el cuartel quedó desguarnecido, pues la tropa también festejaba alegremente la  fecha religiosa, la procesión de la “Virgen del Carmen”. Murillo tenía la seguridad de que esta vez la tentativa no iba a fracasar. Los confabulados irrumpieron como una tropa en la Plaza Mayor. Asaltaron cuarteles y rindieron a los alguaciles y verdugos que hacían clamar al pueblo. Ahí estaba Murillo y junto a él todos los conjurados nacidos para ser hombres libres y exponentes del coraje paceño.

El “chocolatero” Ramón Rodríguez tocaba alborotadamente las campanas de la torre de la Catedral de Santo Domingo, llamando al pueblo. Cuando los confabulados ya habían atacado y rendido el Cuartel de Veteranos de la Guardia, desamarraron a la guardia y evacuaron el arsenal de guerra. Un entusiasta revolucionario, el “bordador” Juan Cordero, luego de derribar a un soldado, se puso la ropa de éste y se mostró desde el balcón que daba a la plaza, pero uno de los amotinados disparo contra Cordero, que cayó muerto (siendo la única víctima de la emancipación). El ataque al cuartel fue preciso y rápido distinguiéndose el valor de Mariano Graneros.

Un alto jefe español comprometido en la revuelta es don Juan Pedro Indaburo. Se le sumaron los gallegos José Gabriel Castro y Juan Antonio Figueroa, quienes murieron al lado de los patriotas cuya causa justa comprendieron.

El alzamiento contra la corona ha triunfado. Salvas de artillería, toques a rebato, gritos y pólvora, estremecieron el cielo paceño aquella noche memorable en que el pueblo saludó  enfervorizado el triunfo contra los “chapetones” que dominaron cuatro siglos. La Plaza Mayor se convirtió en Cuartel General del pueblo. No faltó ninguno de los paceños. Hombres y mujeres de todos los barrios, mostraron el orgullo y la altivez, que abaten los despotismos. Grande fue el júbilo de los rebeldes, contentos de haber dado su concurso heroico.

Los cañones resguardaron las boca-calles de ingreso a la Plaza. En el histórico Loreto, bajo las arquerías de ladrillo, la multitud escuchó alerta a las órdenes y los discursos de los patriotas. Abierto el Cabildo al que se convocó, el pueblo pidió la entrega inmediata de las armas a Murillo.

El noble pueblo siguió con fe a su caudillo, por que vio en él al modelo del coraje paceño: sufrido en el infortunio, sereno ante el azote de la tiranía; pero hombre de buena ley cuando llega al instante del heroísmo. La multitud aclamó a Murillo como su Comandante de Armas de la ciudad e Indaburo fue nombrado Comandante de toda la provincia, confirmado los  nombramientos por el Cabildo, fueron llamados a prestar los juramentos correspondientes.

Después de cumplir con esta formalidad, Murillo se dirigió a la plaza. Encontrando a Indaburo a la cabeza de la tropa, le intimó que se retirara a su cuartel, Indaburo obedeció con resentimiento y entregó el poderío. A partir de este momento nació un odio profundo en Indaburo por celos y envidia, lo cual más tarde sería funesto para la causa de los patriotas.

Pedro Domingo Murillo y los patriotas conjurados encarnaron la defensa de la ciudad. El día 17 de julio lograron acuartelar a ochocientos hombres,  los cuales fueron armados convenientemente. El Cabildo asumió las funciones de Gobierno y la Capitanía General. Se constituyó una asamblea denominada “Junta Representativa y Tuitiva de los Derechos del Pueblo”. Ésta revolución audaz y valiente fue promovida por patriotas decididos, entre los cuales descollaron, además de Murillo, Pedro Indaburo, Gregorio y Victorio García Lanza, Mariano Graneros, Melchor León de la Barra, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez, Apolinar Jaen, Juan Manuel Mercado, Juan Bautista Catacora y otros; sólidamente imbuidos en los principios de libertad, como el intrépido sacerdote de Sicasica José Antonio Medina, que dominaba a todos con el fuego de su palabra y su fervor revolucionario.

Temeroso el Virrey del Perú, Abascal, que la chispa revolucionaria se extendiese en sus dominios, ordenó a Goyeneche realizar grandes aprestos bélicos al otro lado del río Desaguadero. En el Altiplano había cinco mil soldados, las milicias disciplinadas del Rey, que manejaba el peruano servil Goyeneche, que “jura no dejar en La Paz, más tesoros que lágrimas” y que destruiría la ciudad rebelde. Venía acompañado de sus edecanes y de su primo el Coronel Domingo Tristán, quien era el jefe del Regimiento “Dragones” del Rey.

A raíz de la traición de Indaburo, de origen español y complotado con los patriotas, al acercarse los realistas que venían del Perú, se producen tumultos en las calles de la ciudad. Hay incendios de edificios en el alto de Santa Bárbara, y en la calle del Yunga. Había saqueos y atentados de represalia a la traición y ataques a viviendas de los principales peninsulares.

La casa del Alcalde y Regidor don Francisco Yanguas Pérez, así como de otros partidarios de los chapetones, cae a cañonazos, el populacho estaba enfurecido. Las autoridades de Puno, adelantándose a las disposiciones del Virrey, habían movilizado sus fuerzas y ocupado Copacabana. Ante esta actitud hostil y belicosa, el pueblo reunido en gran mayoría, el 12 de septiembre, pidió la declaratoria de guerra a Puno.

Adviértase la desigualdad numérica, tan sugestiva: los patriotas sumaban apenas ciento sesenta combatientes; los hombres de Goyeneche, en cambio, eran cinco mil. En estas circunstancias, el Cabildo recibió una orden del Virrey de Lima en sentido de que fueran repuestas las autoridades separadas por la revolución del 16 de julio, encargando que la gobernación se entregara a Tadeo Dávila.

El 18 de septiembre se dieron cita en la Sala Capitular ambos Cabildos. En aquella reunión se discutió la orden virreinal y se decidió no acatarla, ante la tenaz oposición de Barra, el cura Medina y Clemente Diez de Medina, quienes reafirmaron con entereza sus convicciones contrarias alas autoridades realistas.

Murillo, mandó decir a los tuitivos que renunciaran a sus puestos. No siendo atendido, se presentó en la sala y declaró disuelta la Junta. La decisión encolerizó  a Mercado, que lo amenazó con la muerte. En ese momento comenzó a eclipsarse la popularidad del caudillo y la palabra traidor cruzó rápidamente por la multitud, pronunciada por todos.

El 30 de septiembre quedaba oficialmente disuelta la Junta Tuitiva. Murillo, el 10 de octubre, envió a Goyeneche una misiva anunciándole que estaba dispuesto a entregarle las fuerzas de la ciudad. Otra carta la dirigió al Gobernador de Potosí, Francisco de Paula Sanz, enemigo declarado de la revolución.

El jefe realista en contestación le había indicado que se aproximara al Desaguadero o a Puno, o en su defecto enviara una persona de confianza. Y desde Laja los comisionados de Goyeneche, Coronel Pablo Astete y Tte. Coronel Mariano Campero, oficiaron al Cabildo anunciando que eran portadores de pliegos oficiales. Medina y José Orrantía se opusieron a que tales delegados fuesen recibidos en la sala capitular.

Murillo para salvar a La Paz del desborde indígena y de la tropa que se aproximaba el 12 de octubre, sale al alcance de los comisionados sin pedir consejo a nadie, seguido de una parte del pueblo, para rendir fuerzas a las autoridades reales. ¿Cuál fue la causa del cambio repentino que operó en Murillo, el hombre que durante quince años había trabajado y luchado por la revolución? Traición no hubo. Simplemente fue el temor a un fracaso sangriento de la revolución sin utilidad alguna.

La proposición de Goyeneche pedía a los patriotas la entrega de las armas y que se le permitiera la entrada a la ciudad a la cabeza de sus fuerzas,  como Murillo estaba dispuesto a ceder, ocasionó profundo disgusto y malestar en los patriotas. Por esta razón, Murillo fue apresado por sus propios compañeros Pedro Rodríguez, Antonio Castro, el cura  Medina, Manuel Cossío, Melchor Jiménez y otros.

Preocupados por el nombramiento de Indaburo  como Jefe de Armas que encabeza la contrarevolución el 18 de octubre lo atacaron siendo el Iracundo derrotado y detenido. Después de veinte días estalló una revuelta encabezada por el mismo Indaburo, quien hizo levantar cinco horcas para los revolucionarios, colgando en una de ellas a Pedro Rodríguez (19 de octubre). El hecho ha pasado a la historia como la defección de Indaburo.

Castro, anoticiado de este suceso, descendió sin pérdida de tiempo, con las tropas acampadas en Chacaltaya, y tomó la ciudad en una rápida acción en al que cayó muerto Indaburo. Colgado el cadáver de éste en la misma horca que sirvió poco antes para Rodríguez, y restablecido el orden, Castro volvió a su campamento. Consumado todo esto, hubo quienes penetraron en el cuartel donde se hallaba Murillo, con ánimo de victimarlo. No lo lograron, pero los deseos de Goyeneche, en el fondo se vieron cumplidos. Con las maniobras intrigantes que hizo, sembró la división entre los patriotas, la desconfianza contra el jefe de la revolución paceña.

El 20 de octubre, Goyeneche con sus hábiles europeos ingresó en la ciudad rebelde. Eligió gobernador y se hizo cargo de todo. Ante la llegada de cinco mil hombres, los revolucionarios regresaron a Chacaltaya, donde trasladan a Murillo, una vez allí, viendo la gravedad de la situación, levantan campamento para dirigirse a Yungas. El día 25 Figueroa con apenas ochocientos hombres, opuso resistencia, pero cayó vencido y prisionero.

Goyeneche mandó de inmediato a los Yungas una fuerte división al mando del Coronel Domingo Tristán, quien intimó a Castro la rendición. Este último repuso: “He de rendir las armas con la muerte, antes que entregarlas”. En Chicaloma se produjo el combate con resultado adverso para los patriotas, que cayeron en manos del vencedor. Pagaron con sus cabezas los caudillos Castro y Lanza. Uno de ellos dijo el día de la sentencia: “Luche por el Rey, ahora muero por la Patria”.  

Murillo que había huido también a los Yungas, fue muy pronto delatado por un compadre suyo y entregado a los realistas.

El alzamiento había sido totalmente sofocado. Goyeneche entró triunfalmente a La Paz y de allí a poco se entregó a la tarea de capturar a todos los revolucionarios y a juzgarlos como reos de alta traición. Le colaboraron en esta labor  Pedro López de Segovia y cinco abogados más: Garate, Osa, Gutiérrez, Ruíz y Castro.

Tramitado el correspondiente proceso criminal, Goyeneche pidió de entrada la cabeza de Murillo y los otros patriotas. Cumplió su bárbara amenaza con las ejecuciones inquisitoriales que estremecieron a los habitantes del antiguo Chuqueyapu Marca.

EL PASO A LA INMORTALIDAD

El gran paceño Pedro Domingo Murillo prestó declaración el 19 de noviembre; el 15 de enero nombró defensor al Dr. Ignacio Tejada y agente a Mateo Gonzales.

Ofició de Fiscal el Teniente Coronel Francisco Basagoitia, quien presentó su acusación el 18 de enero, Goyeneche pronunció la sentencia el 26 de enero de 1810 condenando a pena de muerte a Murillo, al igual que a los demás encausados, por reos de alta traición, infames, aleves subversores del orden público. "En su consecuencia la condena fue a la pena de horca, a la que fueron conducidos, arrastrados a la cola de una bestia de albarda, suspendidos por mano del verdugo, hasta que naturalmente hayan perdido la vida". Esa misma noche, les fue leída la terrible sentencia por el escribano Chávez de Peñaloza.

Llegó el día del martirio, el 29 de enero de 1810. Murillo y sus compañeros fueron conducidos al Colegio Seminario y puestos en capilla, para que se dispusieran a la muerte que les esperaba en el cadalso. La Plaza Mayor presentaba algunas horcas colocadas entre la capilla de Loreto, la pila, y un tablado, con todos los preparativos necesarios.

El Teniente Coronel y Mayor Pío Tristán ordenó rodear el cuadro de la plaza por tres líneas de soldados, dos de infantería y una de Caballería, guarnecido cada ángulo por dos piezas de artillería. Además, piquetes de infantería y caballería recorrían la población y custodiaban la manzana del Palacio Episcopal, que fue rodeada de doble guardia.

Los condenados salieron tranquilos con dirección al patíbulo. Murillo presidía la comitiva vestido con un burdo saco de bayeta blanca, sentado en un serón, arrastrado por la cola de un asno que conducía el verdugo. Los padres de la buena muerte, Joaquín Zambrana, Manuel Pineda y otros religiosos, acompañaban a los reos.

Murillo, al subir el primer escalón del cadalso, se irguió, echó atrás la capucha de la misericordia y con voz firme pronunció estas palabras:

"COMPATRIOTAS: YO MUERO, PERO LA TEA
QUE DEJO ENCENDIDA NADIE LA PODRA APAGAR".

En seguida, tomando el cordel de la horca, Se lo puso él mismo al cuello y dijo al verdugo:

"i Ejecuta!"

El verdugo tiró de la cuerda y suspendió el cuerpo que quedó balanceándose en el aire. El alma del caudillo voló a la eternidad, es decir, a la inmortalidad. Después de seis horas de la ejecución, se bajó el cadáver y se le cortó la cabeza, para fijarla en el pilar de Alto Potosí. El tronco mutilado fue recogido por los Padres del Hospital de San Juan de Dios y enterrado juntamente con el de Sagárnaga en el cementerio de la Iglesia.

Ese día del 29 de enero, se consumó la sentencia final con toda la barbarie y aparato que empleaba la Madre Patria en estos tiempos heroicos.

Las nueve horcas instaladas en la Plaza de Armas frente al Loreto, significan nueve nombres por siempre grabados en el corazón de todo buen americano, de hoy y de siempre. Los Protomártires de la revolución americana que sufrieron la pena máxima fueron: Pedro Domingo Murillo, Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez, Mariano Graneros, Juan Antonio Figueroa, Apolinar Jaén, Gregorio García Lanza y Juan Bautista Sagárnaga. Todos ellos han pasado a la posteridad con el título glorioso de PROTOMARTIRES DE LA INDEPENDENCIA.

Aquel día fue de duelo y terror en La Paz. No quedaban ya hombres de tamaño temple, ni las familias estaban completas, porque la persecución cruel y las sentencias comprendieron también encarcelamientos, destierros y otras penas afrentosas. Caravanas de gentes salían desterradas a las Malvinas, hacia las Filipinas, a los socavones de Potosí y a otros puntos lejanos. La soldadesca peninsular quedó dueña de vidas y haciendas. Más de cuatro mil soldados del Rey vigilaban el último movimiento de los vecinos e imponían su voluntad a bayonetazos.

Pero, la tea que dejó encendida el Protomártir Murillo no se apagó. Proféticas resultaron sus palabras. El fuego de su revolución se extendió por toda la América, hasta que ésta alcanzó plenamente la Libertad, que hoy brilla como el sol, en esta tierra de estirpe brava y en la que nunca podrá imponerse ningún tirano, ningún déspota como lo demuestra nuestro pasado y nuestro presente.

Fatalismo de la historia: quince años después de cruenta lucha, también otro 29 de enero de 1825, tras la victoria patriota en los campos de Ayacucho, el mismo día y a la misma hora en que los inmortales fueron sacrificados el 29 de enero de 1810, era desocupada la ciudad de La Paz por los últimos dominadores que estaban de autoridades. Así,  el Gobernador Intendente Mendizábal e Imas y el Obispo Sánchez Matas, seguidos de sus connacionales fueron expulsados. Con ello terminó el poderío de la conquista.

¡Gloria y Honor a los Héroes que dieron Libertad a la América a partir de la Revolución de 1809, encabezada por Murillo!